Choca esas cinco, choqueiro

Rubén Ventureira A CORUÑA

SOCIEDAD

El entroido coruñés se organiza en torno a la plaza de España y a una figura particular que se abastece en el fondo de los armarios.

20 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

Está en combustión el campo da Leña, que así se llamaba antes la plaza de España. Tiran petardos al estanque que rodea la estatua de Porlier, el liberal asesinado en la horca. Son las temidas hordas de niños con mono azul. Espantan los nombres de los artefactos pirotécnicos que manipulan. Cristian, que dice tener los 16 años que no aparenta, muestra el arsenal de su «Célula Choqueira»: Minitruenos, Abejitas Voladoras, Silbidos, Volcanes, Superfalleros, Truenos, Águilas y Doble Trueno. Sostienen Luis y Toñito (veinte entroidos por cachola) que haber sido choqueiro al menos una vez en la vida es requisito imprescindible para recibir el carné CTV (Coruñés de Toda la Vida). Ser choqueiro no consiste en tirar petardos, sino en ir en busca de la prenda perdida, en adentrarse en el fondo de armario. Sirve el armario propio, pero luce más el de la parienta. Los choqueiros más molones van travestidos. Si un guiri llega a España buscando el mundo de Almodóvar, lo encontrará en la calle de la Torre el martes de carnaval. Chaqueta verde, falda blanca de lunares azules, botas vaqueras, peluca pelirroja. Así Manolo Areán, hoy sólo macho a la hora del saludo: -Choca esos cinco, choqueiro. Es el antroido que disfrutó el artista más influyente del siglo XX. Acaba de terminar una exposición en el Museo Picasso de Barcelona que se abría con unas caras carnavalescas dibujadas por el malagueño en este venteado córner del Atlántico. Es la fiesta que también vivió el difunto Canzobre, al que este martes de carnaval han dedicado una calle. Canzobre y su mariachi fueron los grandes animadores del entroido herculino cuando había un militar disfrazado de mandamás, entre 1952 y 1964. Mito más moderno es el también fallecido César Sanjosé, que salía embutido en una triple capa de disfraces para no tener que pasar por casa. Dicen que llegó a hilar tres días sin dormir. Pertenecía a la comparsa Os Maracos, la más veterana por estos lares, que este año festeja sus 25 años. Comparsas hay cerca de cincuenta en la calle. El submarino Subimos la calle de la Torre. Es un embudo. Están los de siempre: vaqueros e indios, vellos e vellas, Elvis, princesas, demonios, mexicanos, el tipo que desde la noche de los tiempos se disfraza de Paco Vázquez y que, emulando al real, cada año se añade más medallas y bandas. Un cortejo fúnebre empuja un carrito de súper camuflado de ataúd del que, qué susto, brota una mano real. La mano asusta a la niña disfrazada de criada: «Es para que me vaya retirando», explica su abuela. Pasa un submarino amarillo muy logrado, pero por aquí no están The Beatles, nin falta que fai, sino Los Satélites, que amenizarán la verbena nocturna. Dos vellos analizan el escenario: «Para palco, el de la París de Noia», comparan. Y, para choqueiros, los de la Torre.