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13 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ESO de que el rostro es el espejo del alma ya ha pasado a mejor vida. Porque, ahora, el alma se nos suele reflejar entera en la pantalla del televisor. Y, en vista de lo que hay, está claro que tenemos alma de mirones. De cotillas empedernidos. Porque, de otro modo, jamás se explicaría la saturación de tonterías que nos tragamos todos frente a la caja boba. Y digo todos porque, más o menos, todos lo hacemos. Aunque luego reneguemos de ello. Ya resulta prácticamente imposible pasar una tarde pasmando tranquilamente en el sofá sin que se nos informe puntualmente de lo que sucede en una casa mediática en la que sobreviven haciendo el bobo una serie de perfectos desconocidos que ejercen de peces dentro de un acuario. Para jolgorio de los que observan. O que se nos narre con todo lujo de detalles las aventuras amorosas de algún famoso fallecido. Aderezado el cuento, claro, con la ya mítica palabra «presuntamente», tan de moda en los programas del cuore y que, en principio, ya exime de responsabilidades ¿periodísticas? cualquier tipo de falacia que se pueda difundir ante millones de espectadores. Y esto son sólo un par de ejemplos. Que hay muchos más. Ahora, la culpa es nuestra por consumir tales productos (otro término que ya usa todo el mundo gracias a un nuevo y extraño personaje catódico). ¿El motivo? Lo dicho. Porque somos unos mirones. Unos metomentodo de pata negra. Supongo. Porque la otra posibilidad sería pensar que nuestras existencias son tan insulsas que tenemos que tirar de la de los demás para sentirnos vivos. Y eso sí que sería muy triste.