EN UNO de sus mejores relatos, Ernest Hemingway se preguntaba por qué demonios se había encontrado entre las nieves del Kilimanjaro, a 5.895 metros de altura, el esqueleto seco y helado de un leopardo. No comprendía el gran yanqui qué se le había perdido al felino en aquella cumbre bautizada por los masái como la Casa de Dios. A la sombra de esa cima murió, a causa de una gangrena, uno de sus más certeros personajes, ese Harry que se bebía la vida a tragos largos (con la misma alegría que se ventilaba el whisky con soda) y al que todos ponemos la cara de Gregory Peck. Se ve que tenemos el alma de celuloide, de cuando había cines en los barrios e incluso (tiene tela) en los pueblos más diminutos del mapa. Con el peñazo del cambio climático hemos descubierto que al Kilimanjaro se le están derritiendo sus legendarias nieves, que resulta algo tan insospechado como si de repente a Venecia se le secase la laguna y los gondoleros tuviesen que pasear por los canales a puro pinrel. El leopardo ya intuía la vaina del efecto invernadero y se olía que las nieves del Kilimanjaro iban a ser el único refugio con agua corriente de África. Pero midió mal los tiempos. Un error que lo salvó del cambio climático, pero que dejó helada en sus venas la misma sangre que palpitaba en la literatura de Ernest Hemingway.