LA GÁRGOLA | O |

17 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

A POCO que le guste el fútbol sabrá la que se montó el fin de semana con los árbitros en Primera División. No ha quedado títere con cabeza. Tampoco es que sea nada nuevo. Les suelen caer por todas las esquinas. Si lo hacen bien nadie les dedica un piropo. Si se equivocan la llevan clara. Pero suele ser en los campos de las ligas regionales donde las cosas se pueden poner más feas. Ahí sí que se sufre. Y se sufre lo que no está en los escritos. Si ha tenido la oportunidad de asistir a un choque en estas categorías sabrá que el que va vestido de negro tiene que ir preparado para escuchar de todo. Sobre él y sobre su familia, que no tiene culpa. Ahí sí que hay que lidiar fino. Y tener cuidado. Con todo lo que se menea. En el césped, en los banquillos y en la grada (padres, madres, novias, vecinos). Y, de vez en cuando, dar gracias por salir entero. Hay que tener, vamos, madera de matador. Si es que no hay oficio más triste. Siempre enlutado. Con cara larga. Y rodeado de potenciales enemigos. Que se lo pregunten a Javier Carid. Un chaval de 19 años que el fin de semana fue atacado en un encuentro de Segunda Regional en Ourense. Dice que hasta el delegado de campo del Rubiá-Taboadela animaba para que le golpearan. Su partido acabó en una clínica. Claro que de este tipo de asuntos no se habla mucho. Aunque sea una animalada en toda regla. Aunque Javier tenga que volver a pitar el domingo. Es un árbitro. Y de Regional. No es Raúl. Ni Torres. Ni Ronaldinho. Y eso cambia las cosas. Aunque todos jueguen a lo mismo. Siempre hubo clases.