Con acento

SOCIEDAD

COLUMNISTAS y predicadores radiofónicos de la derecha se mofan estos días del acento de José Blanco, al que llaman con mucho desprecio Pepiño , como si fuese algo terrible llamarse así, en diminutivo galego, que viene siendo el diminutivo más hermoso del mundo, como sabe todo el que maneja otros idiomas. Que los políticos y sus cuadrillas mediáticas se apuñalen entre sí ya no me asombra, pero que se burlen de un tío porque le sale perfeto en lugar de perfecto me parece, cuando menos, peligroso, porque habría mucha tela que cortar sobre cómo pronuncian ciertas palabras algunos centralistas de solera que escriben en cabeceras irrazonables y cizañeras. En el fondo, a esta tropa nunca acabaron de caerle bien ni siquiera los gallegos que son de su cuerda, a los que jamás se tomaron en serio por sus orígenes periféricos. Son de provincias, como la chacha. No digamos ya los que frecuentan otros bandos ideológicos y periodísticos. Desde los tiempos de Beatriz Carvajal -esa actriz que todavía no tiene un óscar, algo incomprensible a estas alturas de su carrera cinematográfica- no se veía tanto cachondeo con el acento que gastamos a este lado de Os Ancares. A lo mejor lo que sucede es que, más que nuestra entonación musical, lo que molesta es que, en lugar de criadas mansurronas, ahora exportemos ropa, literatura, arte y coches a todo el mundo. A estos cráneos privilegiados del periodismo madrileño habría que ponerlos a leer a Pardo Bazán, Valle, Rosalía, Cela, Fole y Cunqueiro (sólo para empezar), a ver si, además del acentiño, se les pegaba algo de literatura al cerebro.