Corazonadas

SOCIEDAD

DESDE hace unos años se adueña de la escena mediática un corro de tipos chillones que se pasan la mañana (y la tarde) escupiendo sandeces sobre la vida de otra banda de individuos que en gran medida viven de que ese circo televisado nunca cierre su carpa. Lo peor del fenómeno, aparte de que los niños ahora digan en las encuestas que de mayores, en vez de bomberos o médicos, quieren ser famosos y vivir sin dar palo al agua, es que muchos se empeñan en bautizar este escatológico fenómeno como periodismo del corazón, que no consiste en la crónica del reciente congreso mundial de cardiólogos, sino en la narración de las hazañas sexuales de unos individuos muy estrafalarios que viven brincando de plató en plató. A veces enciendes la tele (grave error a según qué horas) y sale un hortera al que ponen un cartel debajo de su jeta en el que se lee «periodista del corazón». El músculo que, con sus dos ventrículos y sus dos aurículas y sus válvulas y sus arterias, nos mantiene atados a este lado de la existencia no tiene la culpa, digo yo, de que a Pitilín le ponga los tarros su señora, que le ha salido algo pilingui y aficionada al coñac, qué se le va a hacer. Los tertulianos rosas, esos tíos que miden la razón en decibelios, hablan mucho más del aparato reproductor (o excretor) que del sistema cardiovascular, pero se empeñan en sobarnos una y otra vez el corazón, como si no supiesen distinguir entre el tórax y la entrepierna. Cuestión de miopía mental.