LA VERDAD es que no sé por qué enero tiene que pandar con las culpas del estrago económico familiar. La cuesta de enero es una falacia, una tachuela sin importancia si se la compara con septiembre, que es el verdadero Alpe d'Huez de las familias. Un mes con la boca más grande que un tiburón blanco capaz de tragarse los sueldos que hagan falta y hacer que se te salten las lágrimas antes de llegar al día 15. Septiembre te coge con la guardia baja y la cuenta corriente corrompida por los excesos veraniegos. Tu mente sigue de vacaciones y te resistes a cerrar el grifo de los pequeños excesos con los que tan a gusto viviste el mes anterior. Pero, de repente, te das cuenta de que no puedes ir calzado con bermudas y chancletas, porque empieza a llover y que, cuando les dices a lo niños que se pongan las botas, los niños te responden que en las botas del año pasado ya no caben sus pies un año más grandes. Ni las botas, ni el chándal, ni el chubasquero... Antes ya te toca el apurón de los libros (actualizados pero no tanto, porque Plutón sigue siendo el noveno planeta y Galicia tiene un porcentaje menor de superficie arbolada), la mochila, el material escolar siempre sorprendentemente caro, las actividades extraescolares... hasta que la tarjeta entra un día en el cajero y sale sin dinero porque, un año más, estiraste más los pies que la manta. La cuesta de enero ¡ja! Ya pueden agarrarse al manillar, apretar el trasero y pedalear, que lo que viene sí que es una cuesta.