El hombre más rico del mundo anuncia para el 2008 su retirada de Microsoft, en busca de un espacio suficiente para perseverar en su labor filantrópica
17 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.«El fin de una era». Con estas palabras describía la prensa especializada norteamericana la retirada de Bill Gates de su empresa Microsoft, tras más de 30 años al frente de su gestión. La noticia la daba el propio multimillonario el viernes, al tiempo que anunciaba su intención de dedicarse plenamente a la fundación filantrópica que lleva su nombre y que cada año mueve más de 28.000 millones de dólares en obras caritativas. Absorbido por su vocación de buen samaritano, Gates, de 50 años de edad, quiso dejar claro ante la prensa que su decisión no supone en ningún caso una jubilación, sino una recolocación que tendrá lugar de manera gradual en los próximos dos años. Además, el empresario seguirá ocupando el cargo de presidente honorario y socio mayoritario del imperio informático. Un título que combinará con el de hombre más rico de rico del mundo, con una fortuna estimada de 50.000 millones de dólares, y una historia propia de la mismísima cenicienta. El genio de Seattle Nacido en Seattle en el seno de una familia de trabajadores, sus padres lo bautizaron como William Henry Gates III porque, entre otras cosas, nunca pensaron que alcanzaría tanta fama como para merecer un nombre propio. Tuvo una infancia difícil, que lo llevo al psiquiatra con tan sólo 11 años. Gates estudió en un colegio privado ante la falta de confianza de sus progenitores, quienes no lo consideraban capacitado para la educación pública. Esta decisión marcaría el futuro del empresario, ya que la institución donde finalmente estudió era una de las pocas que en 1968 poseían ordenadores a disposiciones de los estudiantes. Cuenta la leyenda que el antiguo rebelde sólo necesitó una semana para superar a su profesor de informática, y que fue entonces cuando conoció a su socio y amigo Paul Allen, con quien entraría en la historia cuando en 1975 decidían abandonar sus carreras en Harvard para fundar una empresa de software a la que llamaron Microsoft. Aseguran las malas lenguas que en la metamorfosis que convirtió este pequeño negocio (cuyas primeras oficinas estaban instaladas en el garaje de la casa de sus padres) en la multinacional de informática más poderosa del mundo, con más de 61.000 empleados en 120 países, contribuyeron a partes iguales el trabajo desmedido de su fundador (Gates ha reconocido haber permanecido semanas sin dormir por culpa de la empresa) y un especial olfato para los negocios. Ahora bien, ese olfato no ha sido siempre compatible con los buenos principios. Buena muestra de ello fue el archiconocido programa MS-DOS, que el empresario vendió a IBM como propio, aunque en realidad era obra del programador Tim Paterson. Aquel hombre recibió solamente 50.000 dólares por su trabajo, mientras que Microsoft abrió un camino definitivo para liderar un nuevo y formidable negocio. Otra de las acusaciones que recaen sobre la multinacional es la de haber confabulado para crear un monopolio en las comunicaciones que sólo beneficie a Microsoft. La denuncia aún está pendiente de juicio y ha sido una especie de dolor de muelas para Gates. Afortunadamente para él, este tipo de problemas se acaban. Los nuevos suponen un reto más apasionante.