MEDIO FERRADO | O |
11 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.CIRCULANDO por los alrededores de la ciudad, uno se extraña (e incluso puede asustarse) por la falta de tráfico, a pesar de que el tráfico es uno de los tormentos de la vida urbana. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el vecindario? No hay problema, sólo es cuestión de calendario: entre el Mundial de fútbol, los exámenes finales y la selectividad, sólo nos quedan cuatro gatos dispuestos a circular por la calle. Las calles vacías son una imagen de película de terror. Hasta ese punto estamos hechos a nuestra condición social. Y un poco más: somos civilizados. Es decir, vivamos en el centro o en el quinto pino, la ciudad ha pasado por nosotros. Civis , en latín, era ciudadano, algo más que los íncolas y los bárbaros; la agrupación de ciudadanos fue la civitas , la ciudad, y su condición era la civil. Hoy nos llaman, aunque no queramos, la sociedad civil. A ese nombre hemos de incorporarle las cualidades que le son propias desde los primeros tiempos de Roma: una cierta educación y gentileza e independencia de obediencias como las que rigen para los militares y los religiosos. Ya que somos herederos de la condición que hacía libres a los romanos, actuemos en consecuencia: si hay un ceda el paso, vamos a ceder el paso; si hay listas de espera, vamos a esperarla aunque nuestra tía sea cirujana; si hay un terreno rústico, no vamos a recalificarlo como urbano cuando lo compren nuestros amiguitos. Y si las cosas no van por ahí, para empezar, dejen de llamarnos sociedad civil: es preferible que hablen claro y nos llamen aborígenes.