Nueva York en primavera

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

NO PUEDO pasear por Greenwich Village sin pensar en Djuna Barnes en su pequeño apartamento de Peyton Place donde murió, rodeada de gatos, condenada a corregir eternamente sus poemas hasta olvidar su sentido original. Conservo una foto suya, ya mayor, con bastón, abrigo de piel y un turbante que imagino debiera ser de color malva. Nueva York para mí es Djuna Barnes y un poco Woody Allen, claro. Grand Central me recuerda a Elizabeth Smart y a su magistral «En Grand Central Station me senté y lloré», el Empire State Building al primer King Kong, en blanco y negro, y también a Juan Nadie . Y la quinta avenida está llena de referencias a películas de Blake Edwards y a cuentos de Capote, a quien imagino emborrachándose diariamente en las fiestas del Plaza. Es curioso, Nueva York es la ciudad de Capote, no de Miller -que nació aquí-. Y es que, me perdonarán, pero en esta ciudad todas las chicas siguen siendo un poco Holly Golightly, vienen de pueblos del Medio Oeste, terminan llenas de sueños rotos. Antes calzaban roland mourets, ahora manolos o jimmis, se alimentan de fiambre y de sopa de nooddles. Sentada en Washington Square, me digo que pocas ciudades invitan a soñar como Nueva York, con sus edificios rojizos, sus taxis enormes, sus avenidas teñidas por el sol de primavera. Las rebajas han empezado en Sacks y en Bergdof Goodman y en Cbgb todavía una puede olfatear los comienzos de Debbie Harris, aquella punkie coqueta y talludita que luego se hizo llamar Blondie.