Un buen día se juntaron un par de osos que vivían en Asturias pero que, de vez en cuando, se desplazaban hasta Os Ancares. Los dos bichos eran víctimas del éxito de la protección de su especie en el hábitat asturiano de modo que, había tantos osos, que estos dos tenían que buscarse la vida en otra parte. Ese día, los osos sortearon qué camino tomar. Uno decidió bajar por la ladera leonesa y otro por la gallega. El primero se fue buscando la vida camino de Castilla. Acertó con un entorno adecuado y decidió asentarse. De vez en cuando se acercaba a un pueblecillo lleno de gente mayor. Él los veía y ellos lo veían a él. Y ahí acababa todo. El segundo bajó y subió por los montes gallegos hasta que el olor de las colmenas acabó con sus reservas y le llevó también cerca de un asentamiento humano. Se hartó de miel y siguió su expedición sólo desviada por el seductor olor de las colmenas. Un mes y pico después, sabemos lo que le ocurrió al oso leonés, pero hemos perdido la pista del gallego. Se supone que está ya de regreso ante la llegada del verano que complicará su alimentación. Al leonés. algún cazador le descerrajó un tiro en un camino. Lo mató y dejó allí el cuerpo, supuestamente tras la gran satisfacción que le debió producir abatir un animal tan grande en estos tiempos en los que no hay ni un mal conejo al que meterle unos perdigones. El oso gallego cogió el mejor camino. Esperamos que vuelva.