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16 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

YIBUTI, Eritrea, Somalia, Kenia, Etiopía... Lugares que conforman el Cuerno de África. Lugares que, la gran mayoría, vemos de vez en cuando en los documentales. Lugares poblados por nómadas que deambulan en busca de alimento. Lugares en los que hay 40.000 niños a semanas de morir. De hambre. Eternas sequías, trombas de lluvia que aparecen de repente como látigos, falta de comida, carencia de agua potable... Situaciones con las que nosotros ni soñamos son tan verdad como un puño no tan lejos de nuestras casas. De donde nos sentamos ante el plato tres veces al día. De donde el gran objetivo es mantener la línea a raya. ¿Merecen ser ignorados? No. ¿Quién lo merece? Otra cosa es que lo sean. El eterno debate sobre los dos extremos del mundo. Ricos y pobres. Subdesarrollados y macrodesarrollados. Ni siquiera parece que vivamos en el mismo planeta. Todos -no exentos de una importante carga de hipocresía- coincidimos siempre en lo mismo. En lamentarnos. En lo injusta que es la existencia para muchos... Otra cosa es que, salvo honrosas excepciones, hagamos algo para cambiar el negocio. Quizá resulta más fácil darlo por sentado. Así las justificaciones son mucho más sencillas. Y ahora, puntualmente, Unicef grita que las naciones ricas tienen que aportar 54 millones de dólares para evitar que 40.000 niños se mueran ya. De hambre. Calderilla menuda para el primer mundo. ¿Seremos capaces al menos de eso? ¿De curar una de las mil heridas del gran enfermo africano? O ni tan siquiera.