ENTRE TINIEBLAS | O |

20 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EN ESTOS tiempos de abundancia el azúcar se ha convertido en una plaga. Y evitar que los niños se inflen de caramelos, una tarea cotidiana. Es imposible hacer una ronda normal por el barrio (comprar el periódico, el pan, ir al supermercado...) sin que los niños acaben con los bolsillos llenos de chuches: «¡Toma guapo, y éste para tu hermana!». Según el día, pueden acabar con cualquier cosa, desde los incombustibles Sugus a chicles ultragigantes, huevos de chocolate e incluso algún bollo, taimadamente ofrecido poco antes de comer. Dos o tres veces al mes aparecen con la clásica bolsa-cumpleaños, que incluye la oferta completa de alimentos no recomendados y resulta también muy corriente que, por ejemplo, la mamá de un amiguito les ofrezca en el parque compartir las galletas de chocolate que ha comprado para que meriende su hijo. Insisto en que no es fácil librarse de tanto almíbar y mucho menos hacer comprender a un niño que se pueden comer chuches, pero no a todas horas. Y que las judías verdes y el pescado no sólo existen sino que hay que comerlos de vez en cuando. Así que, como no podemos ser unos talibanes y negarnos a todas horas al asedio azucarado, los padres nos hemos quedado casi sin la posibilidad de ser nosotros quienes se las ofrezcamos alguna vez. Con todo y con eso, quiero agradecerle a mis hijos los kilos y kilos de caramelos que no se han comido, sin que ni su madre ni yo se lo tuviéramos que pedir.