EN LOS años ochenta, el modelo para muchos jóvenes era un banquero engominado que terminó durmiendo en la cárcel. La especulación, la creatividad contable y los pocos escrúpulos empujaron a la cumbre a aquel espejo de quienes buscaban la fortuna rápida y el éxito en la pasarela de las vanidades. Hoy, los referentes del acierto mercantil son los magos del puntocom, jóvenes descorbatados que con un ordenador portátil bajo el brazo conquistan los parqués de medio mundo. Jazztel, Google, Blogger, y Flickr son exponentes de la nueva economía de garaje. Proyectos nacidos casi siempre de la necesidad de usuarios insatisfechos con las herramientas que les ofrecía el mercado y que han acabado por valer miles de millones. Cotizan alto en un mercado que aún conserva algo de la exuberancia irracional que decía Alan Greenspan, el mago de la economía norteamericana en el largo período en el que la burbuja tecnológica tuvo tiempo de inflarse, de explotar y de reencontrar su sitio. ¿Pero cuál es el secreto de los gurús de los nuevos negocios? En buena medida, que desprecian las reglas del juego, tienen una curiosidad casi enfermiza, que trabajan para satisfacer su propia necesidad, no buscan el pelotazo -aunque acaben dando con él-, y que desenmascaran las estupideces del mercado. Son arrogantes hasta cuando se habla de dinero: «La pasta sobra, el talento, no». Lo dijo el jueves en Santiago Martin Varsavsky, el creador de Jazztel.