La vida en volandas

FEDERICO FERNÁNDEZ BUJÁN

SOCIEDAD

LA GOLETA | O |

19 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EN ESTE vertiginoso mundo la realidad diaria nos lleva a hacer lo que viene impuesto y a no hacer lo que deriva de nuestra decisión. Lo urgente desplaza a lo importante y lo circunstancial a lo permanente. El hombre es arrastrado por acontecimientos que lo sobrepasan y que determinan su actuar al margen de su pensar. Hace un tiempo se realizó un estudio sociológico en Madrid. Sus conclusiones pueden ser extrapolables a cualquier otra gran ciudad. Me impactó una de ellas: para un conjunto importante de la población, Madrid era una ciudad en la que la gente va muy deprisa desde un lugar donde no le gusta vivir a un lugar en el que no le gusta trabajar. La aceleración deriva de que no somos dueños del tiempo. A pesar del ritmo frenético, nunca se llega a todo. Ir deprisa, además, impide percatarse de lo que acontece alrededor. No permite pararse con el otro. El hombre parte de un lugar en el que no le gusta para vivir. La gran ciudad es cada vez más descarnada. El hábitat del trabajador del cinturón industrial está degradado. Su problemática socioeconómica no facilita una vida personal y familiar feliz. Su destino es un lugar en el que no le gusta trabajar. No está bien tratado ni bien retribuido. No contribuye a su realización. Por eso es considerado una maldición. Trabajar dignifica o degrada dependiendo de las condiciones y de la actitud del que lo hace. Se preguntaba cuál era el momento más tranquilo del día. La respuesta de muchos era: «el tiempo del atasco en el coche, entrando y saliendo de la ciudad». Por sorprendente que pueda parecer, se explica: queda atrás la casa con sus dificultades, aún no se ha llegado al trabajo con su problemática. El individuo sintoniza esa emisora de deportes o pone ese cedé de música que lo aísla. Esta situación es, sin duda, el drama vital de nuestro tiempo. Es necesario que el hombre vuelva a disfrutar de su vida, al salir del coche debe ser dueño de su existencia. Algo deberá cambiar para que la vida, que se escapa entre los dedos, no lo siga llevando en volandas.