NOS VENDIERON como una buena noticia que un grupo de naturalistas haya encontrado en un remoto punto de la isla de Papúa cerca de una treintena de especies nuevas. Y no lo es. Desde luego, para los animales descubiertos, no hay duda que es lo peor que les podía haber pasado. El magnífico hallazgo las tiene todas para ser una desgracia más. Y si existía un paraíso ignoto, salvaje, remoto, durará poco. Detrás de los naturalistas llegarán los periodistas. Luego, los arribistas, los constructores, los promotores, los banqueros, los vendedores, y los turistas. Y con ellos, los hoteles, los bares, las piscinas, la tele digital terrestre, la línea Adsl, el wifi... y con tanto cable, excavadora, cámaras y reporteros, la rana esa tan rara, a tomar por saco. (Por cierto, ¿es que alguien conocía algún tipo de batracio que no fuera la rana común?). Y el ave del paraíso, con gripe aviar. Si en Papúa tienen el mismo tipo de políticos que en Galicia, en seguida saldrá un alcalde del PPúa que querrá asfaltar la isla de Norte a Sur y de Este a Oeste para que pueda llegar allí todo el mundo con sus coches, sus sombrillas y sus fiambreras a sembrar basura y fastidiarlo todo. Si esas especies que vivían tan felices estaban allí, ajenas al resto del mundo, es porque nadie las había descubierto. Desde el mismo momento en que los científicos las encontaron, han empezado a desaparecer. Como el mero. Como el buey (y su chuletón). ¿O es que alguien se cree que come buey?