El otro día, mientras comíamos juntos toda la familia, mi hija mayor hizo una declaración sorprendente: «Quiero un statut». Lo dijo así, sin venir a cuento y con ese líquida. Mi mujer y yo nos miramos con cara de póker y sin saber qué decir. «Soy casi una preadolescente, tengo mis propias inquietudes, quiero mi propia economía y más competencias sobre mi habitación». Estuve por ponerme en plan cafre y llamar inmediatamente a la compañía Comandante Franco de la Legión incluso a la Millán Astray para que pusiera orden ante semejante disparate, pero nadie me cogió el teléfono. En esas, mi hijo pequeño me anunció que me iba a montar una asamblea dominical en el comedor con sus coleguitas del parque: «Primero tienes que arrepentirte de todas tus últimas travesuras y debes condenar el uso de los globos de agua y tus pistolas láser». «Ni lo sueñes», me contestó. Así que llamé a la Audiencia Nacional, pero me volvió a pasar lo mismo, nadie me contestaba. Tampoco lo hizo el Fiscal General, ni el Consejo de Estado, ni siquiera el presidente de mi escalera. «Bueno ¿qué?, ¿qué pasa con mi statut? Que no tengo todo el día», me apremiaba la niña «¿Y no te conformarías con una Bratz o una plaisteishon?». La mirada de desprecio me hizo despertar. Los niños, mis hijos, me despertaban para que los llevara al cole. A partir de ese día ya nunca comemos con la radio puesta y escondo los periódicos en el sótano.