Hoy se cumplen cuarenta años de la cita más relevante para la Iglesia del siglo XX, la que firmó la paz con otras religiones y eliminó el latín, pero no despejó todas las dudas.
07 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Iba a ser el gran concilio. El que llevara a la Iglesia católica al siglo XXI sin traicionar al pasado pero con la vista puesta en el tercer milenio. Iba a ser, lo intentó, pero aún está en camino. Cuarenta años después de que el papa Pablo VI cerrase tres años de debate, la segunda religión del planeta tiene aún por desarrollar una buen parte de los capítulos de aquel encuentro extraordinario -el más importante del siglo para la Iglesia- con 16 documentos y una extensa retahíla de novedades de la que fueron protagonistas 2.540 obispos y dos papas, el que completó el proceso y el que lo inició, Juan XXIII, quien puso un epíteto a aquella cita: el aggiornamento , la renovación. Hubo avances significativos. Los sacerdotes, por ejemplo, dejaron de dar, literalmente, la espalda a los fieles. Hasta 1965 la Iglesia no les permitía oficiar una misa de cara al pueblo. E incorporaron, por primera vez, las lenguas vulgares. Adiós al latín, el único idioma con el que la Iglesia, creía, se podía comunicar con Dios. Todos los rituales de los siete sacramentos se modificaron desde aquel 8 de diciembre de 1965. «Esas ideas no provocaron tanto debate como se podría pensar, porque ya estaban siendo puestas en marcha desde hacía un siglo en algunas comunidades del centro de Europa, y llegaron maduras a ese Concilio», explica el teólogo Segundo Pérez, director del Instituto Teolóxico Compostelano. Hoy quedan algunos grupúsculos que siguen oficiando la misa en latín, manteniendo el ritual antiguo. Y hubo quien se tomó esos cambios a la tremenda. «Algunhas Igrexas malinterpretaron o contido do Concilio, e mesmo retiraron imaxes das igrexas porque pensaban que, ao cambiar o ritual, tamén había que cambiar o templo», recuerda Félix Villares, vicario xeral de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol. El concilio halló fórmulas para retirar a los judíos la acusación de deicidio (acusados de la muerte de Jesús), promulgar -con reservas- la libertad religiosa o aprobar el ecumenismo (la unión de todas las iglesias). Todo eso era impensable antes de aquel concilio. «Hoy se habla con naturalidad de diálogo entre religiones», explica Pérez López. También indicó el camino para descentralizar la jerarquía eclesiástica y devolver el poder a los obispos (la colegialidad), aunque en la práctica apenas se ha avanzado. En el tintero «Se han dado pasos, sí, pero no suficientes, no se han ejecutado todas las potencialidades», remarca Segundo Pérez. «¿Falamos de evolución ou de involución?», se pregunta otro teólogo, Xosé Chao Rego, quien admite que aquel concilio valió para romper «o monolitismo», pero que en la práctica no dio el impulso que necesitaba la Iglesia. «E dende entón vemos a decrepitude en que se atopa», opina con pesimismo. Y quedaron sombras. Aquel encuentro no aprovechó el movimiento de renovación que se quería dar, por ejemplo, para debatir sobre el papel de la mujer en la religión y su ordenación, el celibato o el control de la natalidad. Debates pendientes, mientras la Iglesia católica aún revisa y desentraña los documentos de un concilio que quiso dar un norte al catolicismo del siglo XXI.