EL disfrute del pan diario está muy cerca de convertirse en una metáfora de la vida moderna. Cuanto más artificial, más nos gusta. Hoy se pueden contar con los dedos de las manos las panaderías que elaboran el pan como se hizo siempre en los obradores en los que, cuenta la leyenda, había unos abnegados trabajadores que se levantaban al alba para dar forma y cocer a fuego lento kilos y kilos de deliciosos panes de los que nadie podía prescindir. Unos panes, aquellos, que no se quedaban tiesos al día siguiente de haberlos comprado. Hoy, con un pan reseso , puedes matar a alguien de un barrazo . En la actualidad, los panaderos parecen seres virtuales que sólo existen en los documentales en blanco y negro. La mayoría de los establecimientos que sirven el antes conocido como alimento básico son simples tiendas donde se limitan a sacar masas de todas las formas y tamaños de un congelador y meterlas en un horno. Paradójicamente, son este tipo de establecimientos los que más éxito tienen. La gente sale encantada con su barra artesana, barata, calentita y recién hecha. Sabes que te están dando el pego, pero, como parece bueno, es mejor. El tema del pan tiene mucha miga. La inocente barra es señalada por todos como la culpable de la gordura, mientras el Bollycao campa a sus anchas por los patios de los colegios inflando niños como globos a punto de explotar. Todo es auténtico. Como los tomates cuadrados del Japón.