O Roncudo es el lugar perfecto para conocer los secretos de una de las profesiones más arriesgadas.
19 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Hacía años que no madrugaba tanto. Cuando a las cinco y media de la mañana sonó el despertador, todavía en fase REM del sueño, pensé que ni un millón de kilos de percebes merecían tanto esfuerzo. Ducha rápida, ropa cómoda, calzado seguro y ruta hacia Corme donde había quedado con Suso Lista, un percebeiro curtido por el mar y la vida, dispuesto a enseñarme los secretos de su profesión. No se trataba de un privilegio, sino de una iniciativa que puso en marcha hace unos meses para «atraer turismo e concienciar á xente de que hai que coidar o mar». Visitas guiadas que desde que se dedica a los percebes, y de eso hace 18 años, viene realizando de forma altruista. «Xa viñeron conmigo máis de 500 persoas, aos turistas encántalles», explica. A los turistas y a mí, que a pesar del paseo que me dejó sin aliento ?más de dos kilómetros por un estrecho sendero al borde de un acantilado?, disfruté del placer de conocer in situ los secretos del rey del mar. Por el camino, mientras hago esfuerzos por seguir el paso de Suso y su compañero, Manolo Suárez, Lista me llena la cabeza de historias y leyendas. Me habla de la Chousa dos Difuntos y del Cementerio dos Ingleses de Corme, «onde están enterrados catro negros, pero igual só estaban manchados de chapapote». Me cuenta, por ejemplo, que «a Costa da Morte chámase así pola xente de aquí que morreu, non polos naufraxios. Se fose polos naufraxios chamaríase a Costa da Festa, porque cada vez que se afundía un barco a xente vivía mellor, comía laranxas, millo ou porcos, que era o que, nos anos da fame, traían nas bodegas». Me explica que uno de esos buques, hundido hace más de 40 años, iba cargado de caucho y que una familia de Corme consiguió 150.000 pesetas, «daqueles anos», gracias a la venta de la goma. «Como eran tantos e non sabían que facer decidiron gastalo todo en turrón Pedro Luna», asegura con una carcajada. Me aclara también que los percebes no se cogen ni se marisquean, ni mucho menos se percebean, sino que se apañan. Me explica para qué sirve la ferrada ?la herramienta que utilizan para arrancarlos de la roca? y la mandileta ?la bolsa de red que se atan a la cintura para guardar los crustáceos que van recogiendo, perdón, apañando? y me pide, una y otra vez, que insista en que su objetivo «é que a xente coñeza o noso traballo e respete os recursos do mar». Tras la caminata, y después de disfrutar de un paisaje digno del National Geographic, llegamos a la zona de A Gabriela, concretamente a la roca de O Mozón, donde otros compañeros ya estaban llenando sus mandiletas. Y es entonces cuando Suso Lista empieza a saltar como un gato de roca en roca. Esquiva las olas dando verónicas taurinas al mar y se aleja de la zona buscando los mejores ejemplares. «Esta zona ?se queja mientras lo voy perdiendo de vista? levaba once meses cerrada e xa está totalmente esquilmada, a xente non ten conciencia de que este é o noso pan». La falta de percebes los obligará, hoy mismo, a arriesgar su vida en las zonas de difícil acceso ?Rosas, Arbosa e Mina Cotelo? «onde, como non podemos ir por mar porque somos percebeiros de a pé, temos que baixar con cordas, como os escaladores». Sola, en una roca en mitad del Atlántico, me doy cuenta de que el paisaje es impresionante y, por un momento, atacada por mi conciencia hortera, me creo el mismísimo Leonardo DiCaprio cuando en la proa del Titanic gritaba eso de «¡Soy el rey del mundo!» Afortunadamente, una ola me salpica los pies y me saca de mi ensoñamiento. Eso y los percebeiros que, ferrada en mano, me gritan: «¡Nunca lle deas as costas ao mar, nunca!». Lección aprendida y pies mojados por un golpe de mar traicionero que me descubre, al mismo tiempo, mi primera piña de percebes. Alargo la mano para apañarlos, pero imagino a Suso Lista e incluso al Neptuno, no con tridente, sino con ferrada, reprendiéndome. Por furtiva.