Hermanas de sangre y riñón

R. Domínguez A CORUÑA

SOCIEDAD

JOSE C. PÉREZ

«Lo único importante es mejorarles la vida a quienes quieres», dice Mari Ángeles. El martes le extirparon en A Coruña un riñón que ahora lleva su hermana, María José

15 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo dice su nombre. Es un ángel, sobre todo para su hermana, María José. Le ha dado un riñón. Sucedió el miércoles en el Canalejo, en dos quirófanos parejos como la vida de las protagonistas de esta historia. Se parecen mucho, mucho. Y ayer al mediodía se vieron por primera vez, algo borrosas, con algo más compartido. Las dos lloraron. Sin más. No era para menos. «A partir de ahora, se acabó la pesadilla». Lo dice Ángeles. «Encantada, feliz, estoy feliz», recalca. Tiene 46 años y, ahora, un solo riñón. María José, de 42, tiene tres. Aunque sólo uno, el regalado por su hermana, le permite «volver a vivir». Tanto que «ya he olvidado la diálisis», cuenta sonriente. Atrás queda un año enganchada a una máquina durante tres horas y media, día sí y día no. «Sus silencios me decían mucho», comenta la mayor. Sin miedo ninguno, «nunca, en ningún momento», lo tuvo claro desde que supo que el trasplante era la única salida. Ella, como su cuñado, se ofrecieron de inmediato. «Tenía miedo que cayese en una depresión», confiesa. Lo del riñón no las va a unir más. «Ya lo estábamos», aclara María José. La enfermedad le truncó una vida normal de mujer trabajadora con dos hijos. Ha echado mucho de menos hasta el agua. «Y la fruta de hueso», añade. Son sólo algunas de las prohibiciones de un año angustioso del que despertó hace tres días viendo el rostro de su madre. De la madre de ambas. Tres horas antes, Mari Ángeles entraba en el quirófano pidiendo a los médicos que, ya puestos, aprovechasen para quitarle las cartucheras. «Al despertar pregunté si ya me habían hecho la liposucción». Ni la emoción empaña su sentido del humor: «Quiero perderla una semana de vista -bromea mirando a María José- pero antes, me debe una mariscada». «Me ha salido barato el riñón», le sigue la corriente la pequeña. En unos días, los médicos esperan entregarles a ambas el alta. Antes, las dos coinciden en algo más: «Que la gente done; nada de tabús por religión ni por nada, porque si algún signo debe distinguir al que cree es la generosidad». Lo tienen más que claro, como que «lo único importante es mejorarle la vida a quienes quieres», reflexiona la donante. «Todos podemos hacerlo», insiste. De sus bocas sólo salen gracias: «A todo el mundo, los médicos, las enfermeras, las auxiliares... y de forma muy especial a doña Elvira, ponlo así, por favor; ella sabe por qué». Angustia La historia de Mari Ángeles y María José no es única. Pero sí singular. «Si la donación tradicional es un gesto de solidaridad, esto es un acto de amor», opina González Martín, jefe de Urología y responsable del trasplante. Insiste, como el nefrólogo Ángel Alonso y José García Buitrón, coordinador de trasplantes, en la imposibilidad de cubrir las necesidades con órganos de fallecidos. Y apuntan más: los procedentes de donante vivo dan mejores resultados. A cambio, el estrés de la operación es superior: «Tiene que salir bien sí o sí, metes en el quirófano a una persona sana», explica Alonso. Valdés, jefe de Nefrología, resta importancia a la profesionalidad: «Desde el punto de vista científico, esto no es noticia, pero estamos angustiados por la escasez de órganos y el donante vivo es una alternativa». Mari Ángeles lo fue para María José. Hay otros muchos gallegos, 280 ahora mismo, que siguen esperando. Desesperando.