EL autodenominado Frente de Liberación Animal soltaba ayer en Santiago cientos de visones que dormitaban en una granja próxima al aeropuerto ajenos a su triste destino: ser despellejados para cubrir con su suntuoso pelo alguna vanidad. En el ánimo de los justicieros anidaba la vocación de devolver los bichos a su estado salvaje pero lo que han conseguido es hacerle la puñeta a toda la fauna, la autóctona y la liberada. Es lo que tienen algunos frentes de este tipo. En Gran Bretaña opera, por ejemplo, el Frente de liberación de la langosta. Andan los hombres azorados por el sufrimiento que comporta para el crustáceo morir en estado de ebullición empujados por el apetito, siempre insaciable, de la especie humana. Para impedir tan atroces langosticidios, los activistas hunden botes, destrozan jaulas y revientan restaurantes, con lo que liberan al futuro manjar de la pota pero le hacen la faena al pescador, que qué culpa tendrá de que el famoso animal sea considerado una ambrosía. Claro que hay organizaciones de éstas que se explican mejor. La más pavera, sin duda, es el Frente de liberación de los enanos de jardín, con sección hispánica desde el 2001 y constituido por una panda de exigentes estetas, atribulados con el triste destino de las estatuillas de gnomos y, sobre todo, con el gusto -dudoso- de sus dueños. En Francia, el líder de la organización fue hace años hallado culpable de la desaparición de ¡150 enanos!. Y condenado a prisión. Algún frente estético podríamos improvisar en Galicia.