El miércoles, Alberto de Mónaco se quiso convertir en el chico avispado que hace la pregunta lista y acabó haciendo la pregunta tonta. ¿Cuál es el nivel de seguridad de Madrid? 24 horas después, la pregunta ya no es lista ni tonta, es macabra. La seguridad de Londres el 7 de julio es la misma que la de Madrid el 11 de marzo. La seguridad no existe como concepto global. Sólo hay niveles que suben y bajan. ¿Cuál es tu nivel de seguridad cuando tu bebé se pone a 40 de fiebre? ¿o cuando tu empresa entra en crisis? ¿o cuando el chaval se va de copas con el coche? ¿o cuando sientes ese agudo dolor en el pecho? ¿o cuando naces de la nada en Etiopía o en Malí? ¿o cuando ella te dice que ya no te quiere? Todo parece fácil y monótono hasta que algo se tuerce y dinamita nuestra seguridad. No, Alberto. Madrid no es una ciudad segura. Londres tampoco. Son ciudades tan vulnerables como el corazón de tus hermanas o el de la azafata togolesa. O el mío. O el tuyo. Ni siquiera todas las barricadas de glamour y dinero que rodean tu palacio son más seguras que el piso en el que duermo cada día. La seguridad completa no existe, pero sí es cierto que las desigualdades, la arrogancia y la ausencia de diálogo hacen nuestra vida, cada día, un poco más insegura. Hoy nos duelen los muertos de Londres, cada día deberían dolernos los de África pero, personalmente, sólo me gustaría blindarme contra la posibilidad de recibir algún día un «ya no te quiero». Pero ni siquiera eso es posible.