SI EN este gran país todas nuestras actividades fueran susceptibles de ser puntuadas con un 7,25 sobre 10, España sería un líder mundial en todo. Pero, quitando a Fernando Alonso, no me suena ningún otro español que sea líder planetario en nada. Las encuentras sobre sexo son así, una maravilla, porque la gente mezcla un poco lo que es con lo que le gustaría que fuera. Así salen encuentros sexuales de más de una hora (preliminares aparte), desaparece la disfunción eréctil en la mayoría de los afectados, echamos de menos no tener más tiempo para el sexo y, ahí es nada, puntuamos con una media de 7,25 nuestra capacidad como amantes. En alguna parte de ese 7,25 se queda soterrado el «me duele la cabeza», el «estoy hecho polvo del trabajo», el «más despacio que los niños nos van a oír» y toda la retahíla de excusas y malos rollos que más veces de las que nos gustaría perturban el delicioso ejercicio de seducir y empujar. Ahora bien, cuando una empresa de encuestas telefónicas te pregunta directamente, sólo te acuerdas del día que triunfaste y te lanzas: «¿Yo? Un ocho y medio. ¡Y mi mujer un nueve!». Todo esto en una sociedad que no ayuda al sexo, que genera incomunicación y en la que lo del sábado sabadete está más institucionalizado de lo deseable. La clave la tenía la sexóloga que presentó el informe de marras: «Es difícil desear el sexo si no pensamos en él». Pues eso. Menos fantasmadas a los encuestadores y más pensamientos impuros. Y el 7,25 acabará llegando.