VIDAS EJEMPLARES
23 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LOS CORZOS gallegos vivimos de cine. El abandono humano del rural ha aumentado la masa boscosa y cada vez somos más. Pero antes de nada, permitan que me presente: soy un cérvido macho, de 25 kilos, en plena madurez y vigor sexual, según acredita mi ostensible cornamenta. El próximo mayo comienza el ciclo de celo de nuestra especie, y ya me estoy preparando para mis buenos lotes. Pienso arrejuntarme con al menos siete corzas. ¡Y pensar que los viejos manuales nos definían como «animales monógamos»! Ja. Mediante las segregaciones de mis glándudas odoríferas, situadas en la frente y los intersticios de las pezuñas, he marcado mi territorio, unas 60 hectáreas. Mi leira está llena de arbustos, flores silvestres y tiernas herbáceas. Un menú suculento, pues los corzos somos gente de morro fino y nos chifla la fibra vegetal nutritiva y jugosa. Pese a los purines, los espantosos molinillos eólicos y los incendios forestales que arman los paisanos, aquí en el bosque estoy como un pachá. Existe también el peligro de los cazadores, claro; pero no es fácil abatir a un ungulado artiodáctilo adulto como yo (y perdonen que les dé mi nombre latino, en plan Benedicto XVI). Me sé camuflar, soy ágil, y si detecto peligro, soy capaz de quedarme totalmente inmóvil. - ¡Bang!, ¡bang! Dios mío, ese individuo bamboleante me ha pegado un tiro. ¡Muerto soy! -Excelente, presidente. -Amigo Varela, creo que con esto queda de sobra probado que estoy en condiciones de servir a Galicia cuatro años más. Disénquenlo. Y punto.