Santo súbito

SOCIEDAD

15 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

JUAN PABLO II fue un Papa extraordinario. Al menos en el sentido de que muchos de los hechos que han caracterizado su pontificado rompieron la norma de la tradición milenaria de la Iglesia, consciente, quizás, de que pasaría por ser uno de los personajes cruciales del último tramo del convulso siglo XX. Reagan, Gorbachov, Mandela, Miterrand, Wojtyla... fueron los últimos dirigentes de un mundo que se quedaba sin las vieja fronteras y que daría paso a otro dominado por la velocidad con la que se suceden los acontecimientos. Juan Pablo II fue protagonista de la caída de los muros y vivió los albores de esta nueva civilización acelerada y televisada. Pero ya desde el inicio de su papado se valió de las herramientas de una incipiente sociedad de la información para globalizar su mensaje, echó mano de la mercadotecnia para conectar rápido y con eficacia con una sociedad que casi no conoce la pausa. Utilizó las técnicas de la superficialidad posmoderna para intentar calar en lo más hondo de las conciencias. Tal vez resulte paradójico, pero el Papa que echó el freno a las reformas que demanda buena parte de la sociedad civil católica fue el que le imprimió el ritmo de los tiempos al parsimonioso Vaticano. No es extraño, por tanto, que sus más entusiastas seguidores quieran una canonización rápida, en caliente. Y lo piden con un lema que es como un dardo, en línea con la habilidad comunicadora que exhibió Karol Wojtyla: Santo súbito.