Inmigrantes

SOCIEDAD

09 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

JUAN y Gladis son uruguayos. Viven a las afueras de Montevideo, en una casita frente a una playa larga de arena blanca. Sin lujos. Son felices, pero el trabajo escasea y el que encuentran está mal pagado. La madre enferma de Juan necesita una inyección al mes que cuesta el importe íntegro de su nómina. Así está el percal. Un día deciden emigrar a España. Quieren un futuro mejor para su hija. Se lían la manta a la cabeza y abandonan su casa, su familia, su patria, sus recuerdos. Aterrizan en A Coruña con los ojos aún llenos de lágrimas de despedida. No tardan nada en encontrar trabajo. Él, en la construcción. Ella, en la cocina de un restaurante. Sin embargo, no tienen papeles y, por tanto, tampoco contrato. Se integran rápidamente. La niña va al colegio, la Xunta les da tarjetas sanitarias, se empadronan en el Concello sin problemas. Todo va bien. A nadie molestan. Al revés, aportan su esfuerzo, su cultura y su forma de ver y entender el mundo. Aún así, cada equis tiempo tienen que soportar que un tipo en un bar o un político por la tele les eche en cara que su presencia en España es un problema. Estar en contra de la legalización de los inmigrantes que viven, sudan y sangran en nuestro país es: 1) insolidario, porque no entiende el drama humano que supone abandonarlo todo para irse al extranjero, 2) antieconómico, porque perjudica a nuestras empresas y 3) anticristiano, porque pasa de todo lo que predicó Jesús (sí Acebes). Hoy son ellos los emigrantes. Ayer fuimos nosotros. ¿Y mañana?