Veteranas, al almacén

SOCIEDAD

NO hay en el mundo una profesión más «juvenil» que la de dependienta de grandes almacenes o cadena de moda textil. Parece que hubieran hecho un pacto con el diablo para no envejecer nunca, pero no. No es una subliminal política empresarial. En cuanto los radicales libres campan a sus anchas por la piel de la empleada, ésta desaparece como si hubiese un asesino en serie dentro de los probadores. Y si insiste, la gerencia de la tienda decide que suene a toda pastilla música máquina durante toda la jornada para disuadir no sólo a clientas carcas, sino a las trabajadoras. A las vendedoras que rozan o superan los 40 es como si se las hubiera tragado la tierra. Y en cierto modo, en muchos casos es así, al menos metafóricamente, porque llegada una edad no son consideradas aptas para trabajar cara al público y pasan al almacén, que casi siempre está en el sótano. Es decir, bajo tierra. Sin embargo, los dependientes, con la edad, suben de categoría, les crece la barriga, el bigote, un traje de Emidio Tucci alrededor de la panza y adquieren el envidiado estatus de encargado. Ser dependienta no es fácil. Pero eso les resbala a los que las esconden por viejas o por sabias, para reemplazarlas por jóvenes más bien cazurras cuya mayor virtud es poner cara de mala leche (aprendido de las tops en los desfiles) e ir detrás de ti doblando toda prenda que tú descolocas, fingiendo calma por no partirte la cara...