COSAS QUE PASAN

28 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

SE CUMPLEN sesenta años de la liberación de Auschwitz, símbolo del infierno en el que más de un millón y medio de seres humanos pusieron rostro, carne y hueso a la solución final. Nos resulta confortable pensar que aquello fue el techo de la barbarie, que nada semejante puede volver a suceder. Y sin embargo, hay mentes capaces de maquinar el ataque a las Torres Gemelas o a los trenes de Atocha; hasta no hace mucho Milosevich se aplicó a fondo en su plan de limpieza étnica en los Balcanes, lo mismo que ETA desde hace treinta años en El País Vasco; en Sudán o Ruanda los rivales se masacran sin piedad; los palestinos son despojados de sus tierras y los suicidas hacen saltar por los aires autobuses cargados de pasajeros. No hay más que alimentar la semilla para que el mal brote. Por eso resulta especialmente doloroso escuchar en estos días de triste aniversario cómo se emplean con ligereza y desaprensión palabras con las que se escribieron los capítulos más repugnantes de la historia de la (in)humanidad. Deberían avergonzarse, pero a lo mejor no pueden. En cualquier caso, no tienen derecho, unos, a tratar de ganar ventaja desenterrando el fantasma de la dictadura con maliciosas alusiones a la extrema derecha a cuenta de un intento de agresión. No pueden, los otros, comparar unas detenciones, por injustas que hayan sido, con el origen del holocausto. Las palabras, poderosa arma que tenemos para ganar la paz, a veces las carga el diablo.