EN REALIDAD, hay que admitir que, sobre temas científicos, la Iglesia Católica ha ido siempre un poco despistada. De hecho a ninguna religión le interesan mucho las ciencias, pero a la romana menos. A Galileo, aquel mindundi que decía que la Tierra giraba alrededor del Sol, se las hicieron pasar canutas por listillo. Y tuvieron que transcurrir 400 años para que hubiera una declaración oficial admitiendo que tal vez tuviera razón. Hoy en día todavía hay jerarcas eclesiásticos que creen firmemente en Adán y Eva y que piensan que eso del Big-Bang es una marca de chicle más que una teoría científica. Así que parece razonable que defiendan que si un espermatozoide se puede colar por las entretelas de un condón, más fácilmente se colara un virus. Afortunadamente, los católicos de este país hacen sus propias lecturas de esos dogmas morales y se divorcian, comen jamón en Viernes Santo y, por supuesto, utilizan métodos anticonceptivos, porque la vida está muy achuchá como para cargarse de hijos o renunciar a esos pequeños y grandes placeres terrenales que hacen más llevadera nuestra existencia en este valle de lágrimas. Así que, si es por una cuestión moral, cada alma es muy libre de seguir los consejos que considere más adecuados y no hay nada más que decir. Pero si de lo que se trata es de valorar una cuestión científica, al Vaticano, ni caso, que tienen un expediente académico más malo que Zipi y Zape.