22 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA NAVIDAD es como casarte sin lista de bodas. No paras de recibir regalos repetidos o simplemente inútiles. Todos los años pasa lo mismo. Con esa estúpida manía de que todos nos tenemos que regalar a todos llegas al día 6 con una auténtica legión de objetos de dudosa utilidad tipo soportes para móviles, aplastadores de latas de refrescos -lo prometo, es real-, toda suerte de muñequitos, figuritas chorras y demás trapallada y los inevitables calzoncillos, calcetines y camisetas. No hay nada menos estimulante que alguien que no sea tu mujer -o tu amante, vaya- te regale ropa interior. Cuando el presente en cuestión carece por completo de erotismo y procede de tu cuñada hay que ser muy diplomático para mantener la sonrisa en los labios y no cabrearte ni partirte de risa. Luego están los regalos que se repiten de un año para otro. ¿No les ha pasado que alguien les ha regalado lo mismo dos navidades seguidas? A mí sí. Y nuevamente, doy mi palabra de honor de que no es un recurso estilístico. Es puritita realidad. Y las corbatas. Las dichosas corbatas que luego nunca te pones o las colonias que jamás usas. Hay que firmar un gran pacto de Estado para limitar los regalos de Navidad. Les propongo que a partir de ahora sólo se regale a niños y familiares directísimos tipo padres, madres y hermanos. Sólo así nos libraremos de esa lacra que es el regalo inútil que ocupa espacio, coge polvo y entristece el espíritu. Y nos ahorraremos una pasta. Todo hay que decirlo.