LA PLAGA de las langostas es la metáfora de los tiempos. Las alarmas se disparan cuando la marabunta con alas cruza los mares y se come también nuestras cosechas subvencionadas por la UE. Mientras los insectos devoran miles de hectáreas de plantaciones africanas nos limitamos a echar las cuentas de cuánto costaría acabar con los insectos y, en todo caso, a debatir cómo enviar ayuda a los países que ya habían sido arruinados antes por otras plagas aún peores. Esta vez, África hubiese necesitado unos nueve millones de euros para frenar la tormenta voraz. La ayuda reunida por los organismos internacionales apenas superó el millón. Las langostas llegaron a Canarias como las pateras, dejando en el camino a los que no fueron capaces de completar la travesía. Detrás de ellas vendrán más inmigrantes que buscan en Europa el alimento que en sus países no encuentran porque se lo han comido los insectos. Lo poco que quedaba. Y es que el hambre mata cada año a cinco millones de niños, y los que sobreviven buscan en el horizonte un futuro algo mejor. Aquí los necesitamos, aunque no nos gusta que vengan sin que los llamemos. Pero ¿acaso no los estamos llamando siempre? Les enviamos un poco de ayuda, bloqueamos su desarrollo con competencia desleal, miramos hacia otro lado cuando las dictaduras los masacran y les retransmitimos la opulencia vía satélite. Como las langostas, seguirán llegando. A miles.