ES OTRA de las consecuencias irremediables de la navidad. Cada año, en medio de las fanfarrias consumistas, las oenegés nos pasan por la cara nuestras peores miserias. Informes, reportajes, datos, historias humanas llenas de tristeza y de maldad. Entre regalo y regalo, una historia de sida; entre el cava y el turrón, cinco millones de niños asesinados por el hambre este año. Entre villancico y villancico, millones de refugiados mirándonos con sus ojos tristes... y, al final de cada pequeño segmento de horror, un logotipo pidiendo ayuda. Gástate algo también con nosotros, apadrina a un niño, ayúdanos a construir un pozo, a mantener una escuela. Compra nuestras tarjetas navideñas, házte socio de nuestra organización... Es el márketing del espanto, cada vez más refinado. Este año, la FAO, no sólo ha dado a conocer los espeluznantes datos del hambre. También nos ha recordado que, donde no hay hambre, hay sobrepeso. Y que nosotros también acabaremos matándonos de tanto comer. Culpabilizándonos un poco más. Detrás del informe, los logotipos. Siéntete mal un ratito que, total, no hay mucho tiempo para reflexionar. Así que, consume. Consume licores, consume regalos, reproductores de MP3, un traje nuevo, langostinos y cordero, lotería y un corte de pelo especial. Consume cultura, libros y películas. Y, no lo olvides, consume un poco de solidaridad. El complemento indispensable para disfrutar de unas navidades perfectas.