PEDRO, Juan, Raúl y Tomás entran en la cafetería de su barrio. Llega el camarero, libreta en mano y con una sonrisa amplia. «¿Qué van a tomar?», pregunta. Aquí viene lo bueno. Pedro pide un café solo muy caliente y con dos azucarillos. Fácil. Juan quiere un cortado clarito. Imposible. O Cortado, o con leche, una de dos. Raúl riza el rizo y quiere un americano largo de café. Incongruente. Pero vamos a ver. Si el americano es un café con mucha agua ¿cómo narices vas a arreglártelas para hacerlo aguado y fuerte a la vez? Pues ya ven. La cosa no acaba ahí. Llega el turno de Tomás. El más pijo. Va y pide uno con leche en taza pequeña, templado y con una brizna de espuma. Flipante. Sin embargo, el camarero no ha parado de sonreír, asentir y anotar en su pequeño bloc. De vez en cuando, incluso ha interrumpido a los clientes para aclarar aspectos del pedido: «Con dos azucarillos», «americano largo», «en taza pequeña, de acuerdo», dice el tipo sin inmutarse ante semejante misión. La venganza del camarero llega después. Se da media vuelta. Se sitúa frente a la cafetera y hace cuatro cafés idénticos en su proporción y temperatura. Al primero le pone dos azucarillos en el platillo, al segundo le echa la misma leche que al resto de cortados, al tercero la misma agua que al resto de americanos y al último ni brizna de espuma ni nada. Rellena lo que queda de taza con leche y punto. Una vez en la mesa, los cuatro amigos se beben sus cafés sin percibir que no les han hecho ni puñetero caso.