HOY HE tenido un día raro. Primero me ha dado por pensar que una uña pintada de rojo es idéntica a una cubierta del ala nueva del Reina Sofía vista desde el aire, que un feto es como una galaxia en tamaño doméstico y un churro es un gaseoducto que atraviesa Rusia, pero en comestible. La cosa viene de lejos. Hace ya años, a menudo, se me ocurría que mi ciudad (que es la suya) estaba cimentada sobre el zapato de un viajante de comercio o sobre el pestillo de la puerta de un retrete público. Pensando en esas tonterías de edificaciones sobre pestillos y verrugas, me ha dado por discutir con un amigo sobre mis razones para amar sobre todas las cosas las películas de ciencia ficción y superhéroes ( El planeta de los simios, La guerra de las galaxias o el más reciente Hellboy ). -¿Por la acción? -No, por los contertulios de los bares. Y es que lo que más me gusta son los momentos de esas pelis en que aparecen bares interestelares donde hay monstruos con cazadoras de cuero o traje bebiéndose una fanta. ¿Por qué? Se preguntarán ustedes. Pues porque hay una gran verdad filosófica en esos instantes de fugaz travestimiento. A veces, en el autobús o en la biblioteca o pidiendo una ensalada en cualquier parte, miro a mi alrededor y pienso qué graciosos estamos tan serios, circunspectos, con tenedores en las manos hechas para trepar, tristes simios vestidos de señores.