VIDAS EJEMPLARES
30 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.A COMIENZOS de los 90, un grupo de amiguetes gallegos llegaron a la República Dominicana en plan parranda y playa. Algunas cadenas hoteleras españolas habían construido allí complejos bunkerizados; con cocoteros, arenales privados tipo anuncio de desodorante, langosta a granel, edificios de lujo imperial... Tras unos días en el paraíso Meliá, los gallegos comenzaron a bostezar y decidieron salir, algo que se desaconsejaba de manera expresa. Al dejar el oasis de las piscinas de burbujas y el mármol rosa, se encontraron con que las carreteras eran de barro, los suelos de las infraviviendas, de tierra y la inseguridad exigía mil cautelas. Obligada por la miseria, la gente se humillaba ante el turista por un par de dólares. La ignorancia resultaba tragicómica. «¿A qué se dedican ustedes allá en España?», preguntó una chica en un colmado. El amigo más cachondo le respondió: «Somos inventores de palabras. Todo lo que hablan ustedes lo hemos inventado nosotros». La chavala, perpleja, dio una voz: «¡Amigas, vengan acá!, ¡han llegao los inventores!». En la capital, las cosas mejoraron. Pero la luz se iba durante horas, los arrabales hedían y el putiferio parecía una industria de referencia. Presidía el país el legendario Joaquín Balaguer. Por entonces, pasaba ya de los 80 y sólo veía un poquito más que Ray Charles, aunque a Dios gracias, continuaba pilotando la nación con providencial mano de acero.