MUCHOS famosos ligan su nombre y dedican parte de su tiempo y de su fortuna a combatir las injusticias. Sting logró que el mundo entero conociese la precaria situación de algunas comunidades indias del Amazonas. Bono (el de U2) lleva años promoviendo acciones para frenar la salvaje dentellada del sida en África. Otro músico, el irlandés Bob Geldof se fue a Etiopía para que su proyección ayudase a denunciar los devastadores efectos de las hambrunas que periódicamente se ceban con aquel país. La actriz Angelina Jolie adoptó hace ya algún tiempo a un niño vietnamita. Ahora quiere aumentar la familia con un chaval ruso. Una magnífica decisión. Para los críos y para ella. El problema es que, según las noticias difundidas, recorre orfanatos de Rusia en busca de un chico de rasgos caucásicos, rubio, tez blanca y seguramente ojos azules. No es la primera vez que queda una sombra de duda: algún rico, famoso o tonadillera elige a la carta a su hijo adoptado. Es el camino perfecto para arruinar muchas ilusiones y sus pretendidas campañas de apoyo a la infancia. Los procesos de adopción internacional se realizan casi siempre en países muy pobres y, por tanto, podridos por la corrupción que engorda en la miseria. Pero la tramitación ha de ser transparente, rigurosa, equitativa y sólo para procurar un futuro mejor al menor. Así es para cientos de familias cada día. Acciones como la de Jolie sólo contribuyen a estigmatizar a los niños adoptados. No son ni un capricho ni una mercancía.