HAY una foto de Vítor Mejuto -fue primera página de La Voz en aquellos días difíciles del Prestige- en la que se ve a dos marineros de la ría de Arousa, a bordo de una chalana, luchando sólo con sus manos contra la marea negra. Aquella instantánea reflejaba la dimensión de la catástrofe y la penosa soledad a la que entonces se condenó a los gallegos. Pero la imagen aún tiene otra lectura: guerra sin cuartel a las agresiones contra el mayor yacimiento de riqueza de Galicia. El petróleo se quedó entonces a las puertas de la mayoría de las rías, al menos en apariencia, pero la polución hace mucho que se adueñó de los mares interiores. Ya en 1997 se calculaba que se tienen que tragar cada día unas 80.000 toneladas de inmundicias. Por decirlo ahorrando palabras: los vertidos cotidianos son aún peores que el Prestige. En desagravio por todo lo que nos sucedió en aquella catástrofe, el Gobierno (el de Aznar) aprobó un plan cuyo único sentido es resarcirnos de una deuda histórica que se eterniza. Un tren veloz, puertos modernos y comunicaciones interiores forman la columna vertebral de aquel programa valorado en 12.000 millones de euros. Pero hay más. Hoy se discute si el Gobierno (el de Zapatero) cumple con Galicia, y hay un dato inquietante en los Presupuestos del 2005. La inversión prevista para los saneamientos (de rías y de ríos) se redujo a la mitad: sólo 37 millones de euros. Y sin rías no hay Plan. Ni Galicia.