Los médicos de un hospital británico se niegan a volver a resucitar a una niña de 11 meses que ha sufrido ya tres paradas cardiorrespiratorias, porque, según dicen, su vida es un dolor permanente, su enfermedad impedirá que pueda superar la etapa de la infancia y, mientras viva, estará en un hospital. Sus padres entienden todo lo que les dicen los médicos, pero quieren mantener viva la esperanza mientras a la niña le quede un hilo de vida. Charlotte, víctima inocente, no puede expresar su opinión ni su dolor. Ayer comenzó una vista en la que un juez tendrá que decidir qué hacer, si atender a la desesperada reclamación de los padres o hacer caso a los médicos que subrayan la crueldad de mantener viva a la niña la próxima vez que su organismo falle en cadena. Pueden leer más detalles de este caso estremecedor en la última página y, tal vez, añadir este caso particular al debate sobre la eutanasia. Desde luego, tienen que existir leyes que rijan nuestras vidas y establezcan límites a nuestros comportamientos, aunque todos los individuos somos diferentes y cada ley tiene en sí misma un alto número de injusticias desde el momento en que se escribe. Y del mismo modo que el dolor de Charlotte, el de sus padres y hasta la angustia del juez y de los médicos sólo son un caso más, podrían presentarse otros para derivar el debate a un lado u otro de la balanza. Ahora bien, la única verdad incuestionable es que lo único que nos pertenece absolutamente en este valle de lágrimas es nuestra propia vida.