Que me aspen si no estoy hasta las narices de que me hablen con tópicos. En el marco incomparable de los medios de comunicación, parece talmente que los reporteros sólo tuvieran un adjetivo para calificar una tragedia. No hay telediario que se precie que no esté salpicado de escenas dantescas. En el ámbito futbolístico es tan natural dar patadas al diccionario como al balón, pero no sólo son los deportistas y los periodistas especializados en la materia los que ponen toda la carne en el asador. En política también están las palabras bailando de la Ceca a la Meca, y más cuando se trata de narrar algún conflicto mundial donde confluyen un crisol de culturas, de pasar de puntillas ante una crisis de gobierno peliaguda que podría acabar como el rosario de la aurora o de contar una operación policial que trae en jaque a las autoridades. Al final la gente acaba confundiendo el culo con las témporas. Como ejemplo, la frase genial que un peluquero, superconocido en el barrio, tiene por costumbre soltar a las empleadas cuando se relajan más de lo debido: «¡A trabajar, que es gerundio!». Las frases hechas, proverbios y refranes están tan arraigados en nuestra vida, que hay quien se cree autor a pies juntillas. Estoy por llamar a la SGAE a ver si tienen derecho a llevarse unas pelas todos los que aseguran ser padres del ingenio, tipo: «Como yo digo...más vale pájaro en mano...». Y no me rasgo más las vestiduras porque tengo empacho de tópicos.