AZNAR tenía razón. Hay que plantearse muy seriamente la reforma educativa porque no puede ser que, a estas alturas, un ex presidente del Gobierno pueda presentarse en una Universidad a dar una charla diciendo que nuestras cuentas pendientes con los moros se remontan a Don Pelayo. Aquellos manuales con los que estudiamos el presidente de las Faes y un servidor estaban pensados para que se nos hincharan las venas del cuello al rememorar la batalla de Trafalgar, las cabalgadas del Cid, aquello de la raya en el suelo que dibujó Hernán Cortés y hasta el churro del gol de Zarra con el comentario anexo de la pérfida Albión que, la verdad, tuve que esperar un taco de años para enterarme de lo que significaba semejante expresión. Estudiar demasiado en serio aquellos libros (sobre todo si eran jaleados por el profe de turno) te podía convertir en un anti todo: un anti francés por la invasión napoleónica; un anti británico por el Peñón; un anti americano por que no nos dejaron robar el oro suficiente en aquellos gloriosos años cuando en el Imperio no se ponía el sol y, desde luego, en un anti moros, porque estuvieron ocho siglos de okupas en la península raptando vírgenes cristianas y construyendo minaretes. Hay que desterrar esas ideas de los manuales. Menos Cid campeador y más raï, menos moros y más musulmanes, menos tortilla y más cus-cús. Si no nos gusta el rollo talibán, no seamos como ellos.