Llegaron, cantaron y vencieron

La Voz

SOCIEDAD

El quinteto argentino abrió una gira irrepetible de sólo seis conciertos

27 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Si Johann Sebastian Mastropiero levantase la cabeza ?en el supuesto de que alguna vez la hubiese tumbado? se quedaría pasmado ante lo ocurrido ayer en el Coliseo. No fue una noche romana de leones dando suerte a un menú de cristianos, no; en A Coruña el menú no atiende a religiones, y sí a cáscaras. De lo que no daría crédito Mastropiero ?hoy nadie da créditos, da hipotecas? es de las 7.000 mandíbulas ?13.000 contando también las de arriba? que se batían al escuchar a sus intérpretes preferidos. Éstos no son otros que Les Luthiers, que arrebataron miles de carcajadas y algún que otro riñón ?más de uno vendió el suyo para pagar la entrada?. Actuaban los argentinos con sinfónica, que no es una soprano griega, aunque bien podría haberlo sido. Su sinfónica era la Sinfónica Filarmonía dirigida por Juan José García Caffi que, entre risa y risa, tocaba alguna pieza. Ocurrió así con la primera actuación de la noche, la desternillante historia de La hija de Escipión, un prodigio lutheriano que se podría resumir en «escena de balcón con suegro y esposa». Incalificables Tantos o más aplausos incluso arrancó el siguiente tema, la historia de Manuel Darío, que bordó Daniel Rabinovich, el más histriónico de un grupo ya de por sí incalificable. La historia de Darío sólo se puede comparar a la de José Duval, protagonista indiscutible de otro de los temas del repertorio. Les Luthiers ?que se ponían en gira por primera vez con una orquesta? no se sintieron en la obligación de respetar a rajatabla el orden de canciones que se incluía en el programa, pero al público tanto le daba que cantasen el rap Los jóvenes de hoy en día como la lista de la Lotería Nacional. Aunque, obviamente, hubo preferidas, aquellas en las que Daniel se explayaba y sonreía con carita de niño bueno ante los gestos de enfado de un desbordado Marcos Mundstock. Amor incondicional Y poco a poco, entre risas y aplausos, llegó La bella y graciosa moza marchose a lavar la ropa..., una pieza que dejó al público con la boca abierta (no sólo por su largo título) y, sin duda, con ganas de más. Les Luthiers saben a poco y ni los sesenta músicos de la orquesta ?aunque fuesen seiscientos tampoco? quitan un ápice de luz a Carlos López con su pelo blanco; Jorge Maronna con su cara de flaco ?el gordo no vino a A Coruña?; Carlos Núñez, que bien podría haber sido pariente del tercero de Martes y Trece del que nunca se supo; y las dos starletts del grupo, Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock. Frente a ellos, un Coliseo prácticamente abarrotado que desde el primer momento tenía ganas de reírse ?por eso sacó la entrada para Les Luthiers, si no se hubiesen ido a un concierto de Aute? y prueba de ello fue una pequeña anécdota poco antes de las diez: entre el bullicio de un Coliseo a medio llenarse, una voz grita desde un punto indeterminado «Carlos, estamos aquí». A lo mejor el tal Carlos ?desconocedor seguramente de ese invento llamado teléfono móvil? no se enteró, pero el resto del auditorio sí, y aplaudió. No tanto como con cada pieza de Les Luthiers, tras la cual el Coliseo se venía abajo, con riesgo incluso de aplastar a Mastropiero, su inspirador Günter Fragher y a López Jaime.