LA CREMITA | O |
15 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.PRONTO perdí el prejuicio de pensar que todas las guapas son tontas. Desgraciadamente (digo desgraciamente sólo por envidia), en mi vida se han cruzado chicas muy monas y, además, muy listas. Tan inteligentes las condenadas (alguna, para más escarnio, también era simpática), que llegué a pensar que fuese quien fuese el que repartía las virtudes, a veces, era extremadamente injusto. Acomodada en los tópicos, me confortaba pensar que las feas al menos eran simpáticas -«mentira», me desengañó un compañero poniéndome un ejemplo muy cercano a los dos- y que a las guapas no les llegaba bien la sangre a la cabeza, pero la vida, ya he explicado arriba, me enseñó lo contrario. Así que una vez desarmados los tópicos y los prejuicios, me empeñé en demostrar que todas las guapas eran listísimas. Y, una vez más, me equivoqué. «No he llegado más lejos en mi empresa por estar muy buena», me soltó una chica como quien no quiere la cosa. «Tú, rica -pensé, pero no me atreví a decir- lo que pasa es que eres rematadamente tonta». Y volví a confiar en el que reparte las virtudes.