HAY BATALLAS en las que uno no debe meter las narices. Porque no ganas ni de coña. Porque acabas haciendo el ridículo. Como España en la Eurocopa. El bronceado es una de esas guerras. El Vietnam de los que tenemos la melanina atrofiada. Los que usted siempre verá un pelín paliduchos. Incluso cuando el sol hace que sude el sudor. No hay manera. Lo intentas todos los veranos. Fracasas todos los veranos. Empiezas con ganas. Revolucionado por los anuncios. Por tu familia. Por tus amigos. «A ver si este año te pones moreno, chaval». Y vuelves a la carga. Con moral. Como Armstrong ante el Tour. Como Frodo ante Sauron. Como Raúl ante un anuncio de refrescos. Todo guapete él. Como un pampón. Lo bueno de los que nunca pasaremos de un colorcillo es que a los dos días desistimos. La tortura dura poco. Porque no hay dios que lo resista. Te puedes reventar el estómago a zanahorias. Te puede dar el sol hasta dejarte atontado. Te puedes echar litros de asquerosas protecciones que apestan a pomada. Hasta puedes ir a Lourdes. Pero milagro, lo que es milagro, no habrá. Como mucho (suele pasar) acabas tan quemado que hasta te duele que te den la hora. Rojo como un guiri cervecero. Como un chipirón. Si es usted de los míos (de melanina tímida y tontorrona) le invito a la rebeldía. A desistir de entrada. A dejar que los torsos bronceados tengan sus meses de gloria. A no meterse en su territorio. A no probar la zanahoria. A no castigarse con líquidos pringosos. A pasar de todo. Que no se pierde nada. A no hacer más el parvo, vamos. Que para eso ya está la selección.