La tecnología y sus trampas


EL MUNDO se complica a ritmo galopante. Nos vamos aprovechando de los adelantos en la medida en que somos capaces, pero cuando el asunto se tuerce, ya no hay destornillador que lo arregle. Por ejemplo: hemos pasado de ser doctos cum libro a ser doctos cum Google; con el ordenador encendido, no hay personaje ni acontecimiento del que no sepamos, al menos, dos o tres páginas. Pero en medio de este idilio con las redes virtuales, los ojos del mal nos descubren y de pronto se nos invade el correo electrónico de basura, y se nos va la velocidad al garete, hasta el punto de hacernos añorar los atascos de cañerías de antes, que se solucionaban con salfumán y una ventosa. Las policías también se actualizan; en Estados Unidos acaba de caer uno de esos grandes contaminadores del correo electrónico, y el juez le ha impuesto pena de prisión de siete años por estrechar la banda ancha a base de emitir porquería.Todos estos inconvenientes que acompañan y relativizan el progreso digital hacen que recordemos con cariño otros tiempos y otras tecnologías. Algunos aseguran que no hay máquinas como las que funcionan con manivela: el Citroën 2CV, el afilalápices de sobremesa de Casco, la picadora de carne para hacer chorizos y aquellas trilladoras, prodigio de artesanía y grandes como un camión, que se fabricaban en cualquier taller de remolques y eran el centro de la mejor fiesta del verano. Otros ni siquiera llegan a tanto y recomiendan, cuando el ordenador se atasca, darle un coscorrón; milagrosamente, a veces funciona. Es que no hay mente absorta, aunque sea digital, que no espabile con una colleja.

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