-¿CUÁL es el problema? -Es que no puedo con el niño. Este breve diálogo se repite constantemente en las pujantes consultas de psiquiatría infantil. En la escena: el niño suele tener pinta de muñeco diabólico, la madre o el padre, de consumidor de Prozac y el psiquiatra, rictus de aburrimiento. Cualquier buen profesional de la psiquiatría encontrará más pronto o más tarde el problema que ha generado que el niño se haya hecho con las riendas de la situación. Sin embargo, en muchas ocasiones todo se reduce a que los padres, educadores al fin y al cabo, no terminan de asumir su papel, olvidan que son adultos y que su autoridad sobre sus hijos no reside sólo en que ellos son sus padres, sino en que son más inteligentes, gozan de más experiencia vital y, por lo tanto, son más que capaces de eludir la escenita del psiquiatra. Parece ser que esta ola de rendiciones del adulto ante el niño se está solucionando en Estados Unidos con mucho antidepresivo y que, de paso, el suicidio infantil se ha convertido en un problema espeluznante. Es como si, poco a poco, dimitiéramos de todo lo que nos da trabajo y no está remunerado, incluido el juego intelectual con nuestros propios hijos. Y, de paso, abandonados frente a cualquier pantalla, nos dejáramos acobardar ante las sobradas de esas personitas que no se sienten obligadas a devolver cariño a quien lo entrega con tanta cicatería. Hasta la fecha, los adultos eran los padres. A ver si ahora que ya no se convence (o eso quiero pensar) a bofetadas, resulta que no sabemos hacerlo de otra manera.