DURANTE todos estos días en los que la boda ha sido uno de los temas de conversación favoritos para todo el mundo, he constatado no sin sorpresa la aparición de afectos republicanos por doquier. Brotaban desde todas las adscripciones políticas: del rojerío más irredento a la derechona clásica, escenificando esa extraña relación de amor-odio de este país con su monarquía. Unos apretaban con el coste de la boda (una minucia al fin y al cabo si se compara con la aventura bélica de Aznar), las molestias por el despliegue de seguridad, las palabras malsonantes (súbditos, plebeyos...), el brillo de los símbolos previos a todas las revoluciones (coronas, mitras...). Y otros insistían en la institución que vertebra un país con muchas identidades, en el cuento de hadas de Letizia, en la seducción del oropel... A pesar de esa eclosión de republicanismo que aparentemente ha florecido a mi alrededor al amor de la boda real, es indiscutible que más de la mitad de este país vive feliz con sus reyes, que disfrutó de lo lindo con el atracón y que guardará en lugar seguro su ejemplar de La Voz o del ¡Hola! como recuerdo de aquella jarana real en la que, esta vez sí, adivinó el sabor de lo que le dijeron que era la historia. Y sin embargo yo, que me pasé los últimos meses explicando a mi hija de nueve años por qué era tan importante ir a votar y cómo el elegido tomaría decisiones que serían esenciales para todos nosotros, todavía no he conseguido responder de forma satisfactoria a la pregunta que me hizo el sábado: «Papá, ¿para qué queremos un rey si ya tenemos un presidente?».