ACCIÓN directa por los derechos de los bichos enjaulados. Es la máxima de una supuesta facción de la Asociación para la Liberación de los Animales a la que se adjudica la suelta de más de seis mil visones americanos que comían, parían y debían morir en una granja de Carral. Puede que algún día sean identificados los autores de la barrabasada, pero lo difícil será saber a qué intereses responden. Desde luego, no a los del ecologismo. Desde hace muchos lustros, los activistas que nacieron para sabotear la actividad de los cazadores y que acabaron quemando edificios en los que se utilizaban animales para la investigación tiene al menos un principio: sus acciones nunca dañarán a ningún animal, ni irracional ni de los otros. Si los que soltaron los visones de Carral pretendían la redención de los visones y no perseguían otros fines más fácilmente cuantificables, no han dado una. Primero, porque les proporcionaron una muerte más penosa que la que les esperaba antes de convertirse en abrigo. Segundo, porque han causado un enorme daño al medio al introducir una especie extraña y con superioridad depredadora sobre las autóctonas. Los autores de la animalada de Carral son de la misma catadura ecologista que George W. Bush. Al presidente de Estados Unidos se le ocurrió que para acabar con los incendios forestales lo mejor era talar los árboles. Los genios de por aquí han puesto en peligro el equilibrio ecológico de una parte de Galicia con el pretexto de librar del sufrimiento a los animales enjaulados. Y es que la estulticia es muy atrevida.