ROBERT SULLIVAN es un habitante de Nueva York subyugado por sus convecinos más famosos: las ratas. Todo extranjero que haya paseado por las rutilantes avenidas de Manhattan ha tenido que tener contacto con esos inefables roedores, que en la modalidad neoyorquina parecen centauros estupendamente nutridos y resueltos a mantener protegida su porción de espacio vital, muy generosa en el caso de la isla más famosa del mundo. Sullivan descubrió un día un callejón pegadito a Wall Street que los inquietantes mamíferos -a las ratas me refiero- habían convertido en una especie de reserva de bichos. Cada noche se apostaba en un rincón y tomaba nota de la intensa vida social que los animales mantenían a escasos metros del corazón financiero del orbe. De sus observaciones ha salido un ensayo altamente recomendable para situar a las ratas en la categoría que se merecen. Por ejemplo. Compensan una vista deficiente con un olfato prodigioso, que explica los múltiples ataques que sufren los niños neoyorquinos, a los que los roedores acuden para relamerles los churretes orgánicos pegados a la cara. Flipan con la comida basura, especialmente con las patatas fritas congeladas. Si no están comiendo, están fornicando. Tanto las hembras como los machos mantienen una media de veinte relaciones sexuales al día. Y no sólo eso. La rata hembra es capaz de mantener fértil el semen del macho dentro de su organismo, para, una vez alumbrada la camada, autofecundarse sin necesidad de cópula. Sullivan convierte a las ratas en el «sumum del inmigrante»: viven en los peores sitios y no importan a nadie. Pero viven.