ESTA columna, en esta sección y junto a esta crónica, fue concebida para no hablar de política, ni de terrorismo, ni de nada por el estilo. Fue pensada para abordar los que de verdad son los grandes temas, los que nos afectan cada día, los que nos hacen cambiar: la educación de nuestros hijos, nuestra salud, las contradicciones de nuestra extraña vida... yo que sé. Pero ahora, pueden creerme, se me caen los brazos. Me resulta imposible mantener esta columna ajena al dolor que me rodea y a las imágenes que se me han quedado grabadas. Todos esos trabajadores con los rostros ensangrentados, con los oídos tapados aún por la violencia del estampido; todos esos estudiantes sucios de metralla; toda esa gente con la ropa hecha girones y el rostro desencajado intentando comprender... Sólo se me ocurre pensar que toda esa gente que ayer encontró la muerte en un tren de cercanías es la gente para quien se pensó esta columna; la que prefiere un artículo sobre la obesidad a uno sobre Ibarretxe; la que presta más atención a la Ley de Murphy que a la Ley D' Hont; la que muestra más interés por Letizia que por Rajoy o Zapatero. Así que hoy sólo me queda lamentar el sacrificio de los que no tienen la culpa de nada; de los que sólo piden paz y dignidad a cambio de trabajo y esfuerzo. De los que madrugan para coger el tren que les lleve a sus tareas mientras leen la crónica del fútbol; repasan los apuntes o imaginan como le dirán «te quiero» a su pareja cuando regresen. Casi doscientas personas no regresarán jamás. De verdad, no quiero tener que volver a escribir sobre esto nunca más.